«A cada uno de nosotros le bastan solo tres libros para toda la vida. Pero, para descubrir cuáles son esos tres, hay que leer unos tres mil, hasta hallar al fin los tres que buscábamos y que de verdad necesitábamos.» — Sabiduría popular
La Biblia

El libro que todo ser humano debería leer al menos una vez en la vida.

Por encima de todas las obras escritas por el hombre hay una que no entra en ninguna clasificación hecha por nosotros —porque no es una más entre cien.

Antes de toda literatura, antes de toda filosofía, antes de toda ley, estaba ella: la raíz de la que brotaron todas las demás. No la ordenamos junto a las otras. La dejamos donde le corresponde —sola, en el principio—, como el comienzo de todos los libros que los hombres escribirían después.


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El libro de los libros · Parte I

La Biblia: el Antiguo Testamento

La epopeya de la humanidad, desde el primer amanecer hasta la promesa de un salvador.

Imagina un solo relato que abarcara desde el nacimiento del universo hasta la esperanza del fin de los tiempos. Eso es el Antiguo Testamento: no un libro, sino toda una biblioteca —la palabra biblia significa, literalmente, «los libros»—, treinta y nueve obras escritas a lo largo de más de mil años, en hebreo casi todas, por reyes, pastores, profetas y sabios. Hay en ellas historia y poesía, leyes y proverbios, cantos de amor y gritos de dolor. Y, sin embargo, bajo esa variedad inmensa late una sola gran historia: la de un Dios y un pueblo que caminan juntos por los siglos, se pierden, se reencuentran y esperan. Vamos a recorrerla entera, desde la primera palabra.

El principio del mundo

Todo comienza con una frase que aún resuena en la memoria de Occidente: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Durante seis días, de la nada y del caos, van surgiendo la luz y la oscuridad, el cielo y el mar, la tierra firme, el sol y las estrellas, los peces, las aves y los animales. Y, como culminación, Dios modela al ser humano «a su imagen y semejanza», varón y mujer, y descansa el séptimo día. Adán y Eva habitan el jardín del Edén, un mundo sin dolor ni vergüenza, con una sola prohibición: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.

Pero la serpiente tienta a Eva, la pareja come del fruto prohibido, y con ese primer acto de desobediencia —el «pecado original»— pierden el paraíso: conocen la vergüenza, el trabajo y la muerte. Fuera del Edén, la historia se ensombrece deprisa. Su hijo Caín, por envidia, mata a su hermano Abel: el primer crimen de la humanidad. Las generaciones se multiplican y el mal con ellas, hasta que Dios, dolido, decide limpiar la tierra con un diluvio. Solo el justo Noé, con su familia y una pareja de cada especie, se salva en un arca inmensa mientras las aguas cubren el mundo cuarenta días. Al retirarse, un arcoíris sella la promesa de que no volverá a destruir la tierra. Más tarde, los hombres, orgullosos, levantan la torre de Babel para alcanzar el cielo; Dios confunde sus lenguas, y así, dispersos y sin entenderse, nacen los distintos pueblos de la tierra.

Los patriarcas: la promesa a Abraham

Entonces el relato se estrecha y se vuelve íntimo. De entre todos los pueblos, Dios llama a un hombre, Abraham, y le pide algo difícil: dejarlo todo —su tierra, su casa, su seguridad— y partir hacia un país que aún no conoce. A cambio, una promesa inmensa: de él nacerá un gran pueblo, numeroso como las estrellas del cielo y como la arena del mar, y en él serán benditas todas las naciones. Abraham obedece y parte, y esa fe en lo invisible lo convierte en el padre de los creyentes de tres religiones.

Su confianza se pone a prueba del modo más terrible cuando Dios le pide sacrificar a Isaac, el hijo tan esperado de su vejez. Abraham, con el corazón roto, está a punto de obedecer sobre el monte, cuando una voz del cielo detiene su mano y le ofrece un carnero en lugar del niño. De Isaac nace Jacob, hombre astuto que compra a su hermano Esaú el derecho de primogénito y que, una noche junto a un vado, lucha con un misterioso enviado de Dios hasta el amanecer; de aquel combate sale cojeando y con un nombre nuevo: Israel, «el que lucha con Dios». Sus doce hijos darán origen a las doce tribus de Israel.

José y la bajada a Egipto

Entre esos doce hijos destaca José, el preferido de Jacob, a quien el padre regala una túnica de colores. Sus celosos hermanos, hartos de sus sueños —en los que incluso el sol y las estrellas se inclinan ante él—, lo venden como esclavo a unos mercaderes que lo llevan a Egipto, y hacen creer al padre que una fiera lo ha devorado. En Egipto, José cae en prisión acusado injustamente, pero su don para interpretar sueños llega a oídos del faraón: José le anuncia siete años de abundancia seguidos de siete de hambre, y le aconseja cómo almacenar grano. Agradecido, el faraón lo nombra gobernador de todo Egipto.

Cuando el hambre asola también la tierra de Canaán, los hermanos de José bajan a Egipto a comprar trigo y se postran, sin reconocerlo, ante aquel poderoso gobernador. José podría vengarse; en cambio, tras ponerlos a prueba, se da a conocer entre lágrimas, los perdona y los abraza, con una frase que resume toda la historia: lo que ellos pensaron para mal, Dios lo encaminó para bien, para salvar muchas vidas. Así la familia entera de Jacob se instala en Egipto, donde con los siglos se convertirá en un pueblo numeroso.

Moisés y la gran liberación

Pasan cuatrocientos años. Los descendientes de aquel puñado de hermanos se han multiplicado tanto que un nuevo faraón, temeroso, los reduce a la esclavitud y ordena matar a sus hijos varones. En ese tiempo nace Moisés, a quien su madre esconde en una cesta sobre las aguas del Nilo para salvarlo; lo recoge y lo cría la propia hija del faraón. Ya adulto, Moisés mata a un capataz que golpeaba a un hebreo y huye al desierto. Allí, un día, ve una zarza que arde sin consumirse, y desde ella Dios le habla, revelándole su nombre —«Yo soy el que soy»— y encomendándole una misión imposible: volver a Egipto y liberar a su pueblo.

Ante la negativa obstinada del faraón, Dios envía sobre Egipto diez plagas terribles: el agua convertida en sangre, las ranas, los mosquitos, el granizo, la oscuridad… hasta la última y más dura, la muerte de todos los primogénitos. Aquella noche, los hebreos marcan sus puertas con la sangre de un cordero para que la plaga «pase de largo» —la Pascua— y huyen a toda prisa de Egipto. El faraón, arrepentido, los persigue con sus carros y los acorrala contra el mar Rojo; entonces Moisés alza su vara, las aguas se abren para dejar pasar al pueblo por tierra seca, y vuelven a cerrarse sobre el ejército que lo persigue. La liberación es completa.

La Ley y los cuarenta años del desierto

Libres pero perdidos, los israelitas vagan por el desierto, alimentados por un pan misterioso que cae del cielo, el maná. Al pie del monte Sinaí, entre truenos, relámpagos y una densa nube, Moisés sube a la montaña y recibe de Dios las tablas de la Ley con los Diez Mandamientos: amar a un solo Dios, no pronunciar su nombre en vano, santificar el día de descanso, honrar al padre y a la madre, no matar, no robar, no mentir, no cometer adulterio, no codiciar. Son los cimientos morales sobre los que aún hoy se apoya buena parte de la conciencia del mundo.

Pero, mientras Moisés está en la cima, el pueblo, impaciente, se fabrica un ídolo, un becerro de oro, y lo adora. Moisés, al bajar y verlo, rompe las tablas de ira; luego intercede por el pueblo y vuelve a subir a por unas nuevas. La infidelidad tiene su precio: aquella generación que dudó no entrará en la tierra prometida. Durante cuarenta años el pueblo peregrina por el desierto, recibe leyes para la convivencia y el culto, y aprende a confiar. Al final del camino, desde lo alto del monte Nebo, el anciano Moisés contempla de lejos la tierra de Canaán, la tierra «que mana leche y miel»… pero muere sin llegar a pisarla. El relevo pasa a Josué.

La tierra prometida y los jueces

Bajo el mando de Josué, el pueblo cruza por fin el río Jordán y entra en la tierra prometida. La primera ciudad, Jericó, cae de un modo prodigioso: tras rodear sus murallas durante siete días al son de las trompetas, los muros se derrumban. Poco a poco, las doce tribus se reparten y se asientan en el territorio.

Vienen entonces siglos agitados, narrados en el Libro de los Jueces. Sin un rey, el pueblo cae una y otra vez en la idolatría, es oprimido por sus enemigos y, cuando clama a Dios, este le envía libertadores llamados «jueces». Están la profetisa Débora, que conduce a la victoria; Gedeón, que vence con apenas trescientos hombres; y el forzudo Sansón, cuya fuerza sobrehumana reside en su larga cabellera, traicionado por Dalila, que le corta el pelo y lo entrega a los filisteos; ciego y cautivo, Sansón derriba en un último esfuerzo las columnas del templo enemigo, muriendo con sus captores. En medio de aquella época violenta brilla una historia de ternura y lealtad: la de Rut, la viuda extranjera que no abandona a su suegra —«adonde tú vayas, iré yo»— y acaba siendo bisabuela del gran rey David.

Los reyes: Saúl, David y Goliat

Cansado de los tiempos de los jueces, el pueblo pide al profeta Samuel un rey, «como todas las naciones». El primero, Saúl, empieza bien pero acaba desobedeciendo a Dios y hundiéndose en los celos y la locura. En secreto, Samuel unge entonces a un joven pastor de Belén, el menor de su casa: David. Su fama nace en un instante inolvidable: cuando el gigante filisteo Goliat desafía, día tras día, a todo el ejército de Israel, y nadie se atreve, el muchacho David se presenta armado solo con una honda y cinco piedras del arroyo, y de una sola pedrada en la frente derriba al coloso ante el asombro de los dos ejércitos.

David se convierte en el rey más amado de Israel: guerrero, músico y poeta, unifica el reino y hace de Jerusalén su capital. Pero la Biblia no lo pinta como un santo de una pieza, sino como un hombre entero: también cae. Enamorado de Betsabé, la mujer de uno de sus soldados, la toma y hace matar al marido en el frente; el profeta Natán se lo reprocha, y David se arrepiente con lágrimas sinceras. Por eso su figura sigue conmoviendo: es el rey que peca, que sufre, que llora a su hijo rebelde y que, en la caída y el perdón, sigue siendo profundamente humano. A él se atribuyen muchos de los Salmos.

Salomón y el esplendor del Templo

Hijo de David y Betsabé, Salomón hereda un reino en su cúspide. Cuando Dios le ofrece concederle lo que pida, el joven rey no pide riquezas ni larga vida, sino sabiduría para gobernar a su pueblo, y la recibe en abundancia. Célebre es su juicio entre dos mujeres que se disputan a un niño: Salomón ordena partirlo en dos, y así descubre a la verdadera madre, la que prefiere renunciar a él antes que verlo morir.

Salomón levanta en Jerusalén el gran Templo, morada del Arca de la Alianza y corazón espiritual del pueblo, y su reino alcanza una gloria que la reina de Saba viene de lejos a admirar. A su sabiduría se atribuyen los Proverbios, el melancólico Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. Pero su esplendor lleva dentro la semilla de la decadencia: sus muchos lujos, impuestos y matrimonios extranjeros, con sus dioses, debilitan y dividen el corazón del reino.

El reino dividido y los profetas

A la muerte de Salomón, el reino se parte en dos: Israel al norte y Judá al sur, con Jerusalén. Enfrentados entre sí y tentados una y otra vez por los ídolos, ambos reinos conocen reyes buenos y malos a lo largo de los siglos. En esos tiempos turbulentos se alza una figura nueva y poderosa: la del profeta, el hombre que habla en nombre de Dios no tanto para predecir el futuro como para sacudir la conciencia de su presente. El ardiente Elías desafía él solo a los profetas de un falso dios y es arrebatado al cielo en un carro de fuego; su discípulo Eliseo continúa su obra entre prodigios.

Pero los avisos caen en saco roto. El reino del norte, Israel, es arrasado por el imperio de Asiria, y sus tribus se pierden para siempre. El reino del sur, Judá, resiste un tiempo más, mientras los profetas claman contra la injusticia, denuncian a los que oprimen al pobre y al huérfano, y advierten de la catástrofe que se acerca si el pueblo no cambia de corazón.

El exilio y las voces que no callan

La catástrofe llega. El imperio de Babilonia toma Jerusalén, destruye el Templo de Salomón y deporta a lo mejor del pueblo. Comienza así el exilio de Babilonia, una de las heridas más hondas de la historia de Israel, llorada en uno de los salmos más desgarradores: «Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos acordándonos de Sión.» Lejos de su tierra y sin Templo, el pueblo aprende a guardar su fe en la memoria y en la palabra.

En medio de la desgracia, los grandes profetas encienden una luz. Isaías consuela al pueblo y anuncia, para el futuro, un «siervo sufriente» y un reino de paz en que «convertirán sus espadas en arados». Jeremías llora sobre la ciudad caída y promete una «alianza nueva», escrita no en piedra, sino en el corazón. Ezequiel contempla en una visión un valle lleno de huesos secos que, al soplo de Dios, se cubren de carne y vuelven a la vida: imagen de un pueblo que resucitará. Y Daniel, deportado a la corte de Babilonia, se mantiene fiel y sale ileso del foso de los leones. Por encima de todas esas voces crece una esperanza que atraviesa el Antiguo Testamento entero: la llegada de un Mesías, un ungido de Dios que lo cambiará todo.

El regreso y la larga espera

Setenta años después, el imperio persa vence a Babilonia, y su rey permite a los judíos regresar a su tierra. Guiados por hombres como Esdras y Nehemías, reconstruyen los muros de Jerusalén y un segundo Templo, y renuevan su fidelidad a la Ley. A esa época pertenecen también relatos breves e inolvidables: la valentía de la reina Ester, que arriesga su vida ante el rey persa para salvar a su pueblo de un exterminio; o la historia de Jonás, el profeta que huye de su misión, es tragado por un gran pez y, tres días después, aprende que la misericordia de Dios alcanza incluso a los enemigos. Los últimos siglos antes de nuestra era transcurren entre dominaciones extranjeras y la fe tenaz de un pueblo pequeño que, contra toda esperanza, sigue aguardando al Salvador prometido.

El corazón poético y sapiencial

Entretejidos con esta larga historia laten algunos de los libros más hermosos jamás escritos, en los que el pueblo no cuenta lo que le pasa, sino lo que siente. Los Salmos —ciento cincuenta poemas de alabanza, de súplica, de dolor y de confianza— llevan tres mil años prestando palabras a la esperanza humana: «El Señor es mi pastor, nada me falta.» El Libro de Job se enfrenta a la pregunta más difícil de todas: por qué sufre el inocente y por qué parece callar Dios ante el dolor; Job lo pierde todo, discute con Dios sin blasfemar, y al final no recibe una explicación, sino una presencia. El Eclesiastés medita, con una lucidez casi moderna, sobre lo efímero de cuanto hacemos bajo el sol: «vanidad de vanidades, todo es vanidad». Y el Cantar de los Cantares sorprende, en pleno libro sagrado, con un deslumbrante y sensual poema de amor entre dos amantes, leído desde siempre como símbolo del amor entre Dios y su pueblo.

Por qué sigue importando

Bajo esta inmensa epopeya laten unas pocas ideas que cambiaron el rumbo del mundo: un único Dios frente a los muchos dioses de la Antigüedad; una alianza —un pacto moral— entre lo divino y lo humano; la dignidad de cada persona, creada «a imagen de Dios», raíz remota de nuestra idea de derechos humanos; y, sobre todo, la esperanza: la convicción de que la historia va hacia alguna parte y de que el sufrimiento no tiene la última palabra.

Sin este libro no se entienden Miguel Ángel ni Rembrandt, ni Händel ni buena parte de nuestra literatura, nuestra ética y nuestro derecho. Sus historias son el idioma secreto de nuestra cultura: el Edén, el arca de Noé, la torre de Babel, David contra Goliat, la paciencia de Job, el regreso del hijo perdido. Se lea como fe, como memoria de un pueblo o como la mayor de las obras literarias, el Antiguo Testamento es una de esas raras páginas donde la humanidad entera se mira a sí misma —su grandeza y su miseria, su miedo y su coraje, su culpa y su esperanza.

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» — Génesis 1:1

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El libro de los libros · Parte II

La Biblia: el Nuevo Testamento

La historia de un hombre que cambió el mundo con una sola palabra: amor.

Si el Antiguo Testamento es la larga espera de un salvador, el Nuevo Testamento cuenta su llegada. Es la segunda y más breve parte de la Biblia —veintisiete libros escritos en griego durante el siglo I—, y en el centro de todos ellos hay una sola figura: Jesús de Nazaret. Su historia, narrada en los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), es probablemente la más influyente jamás contada: partió en dos la historia del mundo, hasta el punto de que Occidente cuenta los años a partir de su nacimiento.

Un niño en Belén

La historia empieza casi en silencio. En Nazaret, un pueblo humilde de Galilea, una joven llamada María recibe la visita del ángel Gabriel, que le anuncia que concebirá por obra del Espíritu y dará a luz al Hijo de Dios; ella responde con un sí confiado. Junto a su esposo José, un carpintero, viaja a Belén para un censo, y allí, al no encontrar sitio en la posada, el niño nace en un establo y es recostado en un pesebre, entre animales. Unos sencillos pastores, avisados por los ángeles, son los primeros en adorarlo; y desde Oriente llegan unos magos guiados por una estrella, que le ofrecen oro, incienso y mirra. El rey Herodes, temeroso de un «rey de los judíos», ordena matar a los niños de Belén, y la familia huye a Egipto hasta que pasa el peligro. Nada, en apariencia, anuncia que aquel niño pobre cambiará el destino del mundo.

El maestro de Galilea

De su infancia apenas se cuenta un episodio: a los doce años, sus padres lo encuentran en el Templo discutiendo con los doctores de la Ley. Luego, silencio, hasta que, hacia los treinta años, Jesús se hace bautizar en el río Jordán por su pariente Juan el Bautista, y una voz del cielo lo proclama Hijo amado. Tras cuarenta días de ayuno y tentación en el desierto, en los que rechaza el poder y la riqueza que el diablo le ofrece, comienza su vida pública. Recorre los caminos de Galilea reuniendo a su alrededor a doce hombres sencillos —pescadores como Pedro, Santiago y Juan, un recaudador de impuestos como Mateo— a los que llama sus apóstoles. A su paso cura a enfermos, devuelve la vista a ciegos y el andar a paralíticos, calma una tempestad con una palabra, multiplica unos pocos panes y peces para alimentar a miles, y hasta devuelve la vida a su amigo Lázaro. La gente lo sigue por millares.

Las parábolas y el Sermón de la Montaña

Pero la verdadera fuerza de Jesús no está en los milagros, sino en sus palabras. Enseña con historias sencillas, las parábolas, que todos entienden y nadie olvida. La del hijo pródigo, que malgasta su herencia y regresa avergonzado, y al que el padre, sin reproches, recibe corriendo con los brazos abiertos: la imagen más pura del perdón. La del buen samaritano, un extranjero despreciado que se detiene a socorrer a un herido junto al que todos los «respetables» habían pasado de largo: la lección de que el prójimo es cualquiera que nos necesita. La de la oveja perdida, por la que el pastor deja las noventa y nueve.

En el Sermón de la Montaña, Jesús proclama las Bienaventuranzas, que ponen el mundo del revés: dichosos los pobres, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre de justicia, los misericordiosos, los que trabajan por la paz. Enseña a rezar con el Padrenuestro, pide poner la otra mejilla, no juzgar para no ser juzgado, perdonar sin medida. Y resume toda la Ley y los profetas en un solo mandamiento asombroso: amarás a Dios con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo; y aún lleva más lejos, hasta lo casi imposible: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

Camino de Jerusalén

Ese mensaje —de amor, de perdón, de igualdad de todos ante Dios, de preferencia por los pobres y los pecadores— entusiasma a las multitudes, pero inquieta profundamente a los poderosos: a las autoridades religiosas, que ven amenazada la Ley, y a los romanos, que temen cualquier chispa de revuelta. Jesús sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y entra en la ciudad aclamado por el pueblo, que extiende ramos a su paso —el Domingo de Ramos—. Pero su gesto más atrevido llega enseguida: expulsa a latigazos a los mercaderes y cambistas que habían convertido el Templo en un mercado, denunciando que la casa de oración se ha vuelto «cueva de ladrones». La suerte está echada: sus enemigos deciden acabar con él.

La Última Cena y la traición

La víspera de su muerte, Jesús reúne a sus apóstoles para la cena pascual: la Última Cena. Allí les lava los pies, en un gesto de servicio que invierte toda jerarquía, y parte el pan y reparte el vino diciendo que son su cuerpo y su sangre, entregados por todos: el origen de la eucaristía cristiana. Anuncia también que uno de los doce lo traicionará. Esa misma noche, en el huerto de Getsemaní, mientras reza angustiado hasta sudar sangre, llega Judas y lo entrega con un beso a los guardias, a cambio de treinta monedas de plata. Los apóstoles huyen, y Pedro, el más valiente, lo niega tres veces antes de que cante el gallo, tal como Jesús le había predicho; luego llora amargamente.

La pasión y la cruz

Jesús es juzgado de noche por las autoridades religiosas y, al amanecer, llevado ante el gobernador romano Poncio Pilato. Este no le encuentra culpa y, siguiendo una costumbre, ofrece a la multitud liberar a un preso; pero la muchedumbre, azuzada, prefiere al criminal Barrabás y pide la muerte de Jesús. Pilato se «lava las manos» y lo entrega. Azotado, coronado de espinas y burlado como un falso rey, Jesús carga con su propia cruz hasta el monte del Gólgota, donde lo crucifican entre dos ladrones. Desde la cruz pronuncia algunas de las palabras más estremecedoras jamás dichas: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»; promete el paraíso al ladrón arrepentido; y, al expirar, el cielo se oscurece y el gran velo del Templo se rasga en dos. Lo bajan de la cruz y lo sepultan en una tumba cerrada con una gran piedra. Parece, para sus seguidores, el final de todo y de toda esperanza.

La resurrección

Pero al tercer día ocurre lo imposible, el centro mismo de toda la fe cristiana. Al amanecer del domingo, unas mujeres acuden al sepulcro con perfumes y lo hallan vacío: la piedra ha sido removida y un ángel anuncia que Jesús ha resucitado. A lo largo de los días siguientes, el Resucitado se aparece a sus discípulos: camina con dos de ellos hacia Emaús sin ser reconocido hasta partir el pan; deja que el incrédulo Tomás toque sus heridas; perdona a Pedro y le confía su rebaño. Antes de ser elevado al cielo, les deja la gran misión: «Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia a toda la creación.» La muerte, proclaman, ha sido vencida: el amor es más fuerte que la tumba.

Pentecostés y los primeros cristianos

El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta lo que vino después: cómo un puñado de hombres asustados se convirtieron en los fundadores de una fe que conquistaría el mundo. Cincuenta días después de la Pascua, en la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre ellos como lenguas de fuego, y los que se escondían por miedo salen a las calles a predicar sin temor, entendidos por gentes de todas las lenguas. Nace así la Iglesia: las primeras comunidades, que lo comparten todo, y los primeros mártires, como Esteban, muerto a pedradas por anunciar a Cristo.

Pablo de Tarso

La figura decisiva de esa expansión es Pablo. Al principio, con el nombre de Saulo, es un feroz perseguidor de los cristianos; pero, camino de Damasco, una luz del cielo lo derriba y una voz le pregunta: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Ciego durante tres días, se convierte y pasa a ser el más incansable misionero de la nueva fe, viajando por todo el Mediterráneo para fundar comunidades, hasta morir mártir en Roma. Sus cartas a esas primeras iglesias forman buena parte del Nuevo Testamento y contienen algunas de las páginas más hermosas jamás escritas sobre el amor:

«Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy nada… El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso.» — 1 Corintios 13

El Apocalipsis

La Biblia se cierra con el Apocalipsis, el libro más enigmático de todos, escrito en forma de visión para consolar a unos cristianos perseguidos. En un lenguaje de símbolos deslumbrantes desfilan los siete sellos, las trompetas, los cuatro jinetes y la gran bestia, en una lucha cósmica entre el bien y el mal. Pero, tras el estruendo del fin de los tiempos, la última palabra no es de destrucción, sino de esperanza: la visión de un «cielo nuevo y una tierra nueva», una Jerusalén celestial donde Dios habitará entre los hombres y «enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni dolor». Después de toda la historia humana, la Biblia termina con una promesa de consuelo.

Por qué sigue importando

Ninguna vida ha dejado una huella comparable. Sin el Nuevo Testamento no existirían las catedrales góticas, ni la Capilla Sixtina, ni gran parte de la música de Bach; no se entenderían nuestras ideas de compasión, de perdón, de igual dignidad de todos los seres humanos —esclavo o rey, hombre o mujer— ante lo divino. De sus páginas nacieron hospitales, universidades y la costumbre de socorrer al débil y al forastero.

Se lea como fe o como el relato más influyente de la cultura occidental, el Nuevo Testamento propuso al mundo una idea sencilla y revolucionaria que, dos mil años después, seguimos sin agotar: que el mayor poder no es la fuerza, sino el amor; y que ningún ser humano, por pequeño o despreciado que parezca, está fuera de él.

«Amaos los unos a los otros como yo os he amado.» — Juan 13:34
Fin de «El libro de los libros». Con él —antes que con ningún otro— comienza el viaje por las 100 obras que han marcado nuestra civilización.