Los 100 libros más leídos · N.º 8

Alicia en el país de las maravillas

Lewis Carroll · 1865
El viaje de una niña curiosa por un mundo subterráneo donde nada obedece a la lógica, los animales hablan y el disparate es la única regla.

Alicia en el país de las maravillas es uno de los libros más leídos y adaptados de la historia, y la obra que inauguró la gran literatura del absurdo para niños y adultos. Lewis Carroll —seudónimo del matemático y lógico Charles Dodgson— la ideó para entretener a una niña real, Alice Liddell, durante un paseo en barca por el Támesis, y lo que empezó como un cuento improvisado se convirtió en un clásico eterno. Este es el recorrido completo de sus aventuras, final incluido.

La caída por la madriguera

Una tarde calurosa, Alicia se aburre junto a su hermana a la orilla de un río, hojeando un libro sin dibujos ni diálogos que le parece de lo más insulso. De pronto ve pasar corriendo a un Conejo Blanco vestido con chaleco, que saca un reloj del bolsillo y se lamenta en voz alta de que va a llegar tarde. Picada por la curiosidad, la niña lo sigue a través del campo y, sin pensarlo, se lanza tras él por la madriguera. La caída es tan larga y lenta que le da tiempo a mirar con calma las estanterías y los armarios que cubren las paredes del pozo mientras desciende, e incluso a coger de pasada un bote de mermelada —vacío, para su decepción—. Al llegar al fondo se encuentra en un largo pasillo lleno de puertas cerradas, y así empieza su viaje por un mundo donde nada funciona como debería.

«Bébeme» y «cómeme»: el baile de los tamaños

En el pasillo, Alicia descubre tras una cortina una diminuta puerta que da a un jardín hermosísimo, pero la cerradura es minúscula y ella no cabe. Sobre una mesa de cristal encuentra una botellita con la etiqueta «Bébeme» y, al beberla, encoge hasta quedarse del tamaño de un juguete… pero entonces se da cuenta de que ha olvidado la llave sobre la mesa, ahora inalcanzable. Luego come un pastelito marcado «Cómeme» y crece de golpe hasta rozar el techo. Desesperada por los cambios, se echa a llorar lágrimas tan grandes que forman un auténtico charco a su alrededor; y, cuando el abanico del Conejo vuelve a encogerla, acaba nadando en aquel mar de sus propias lágrimas junto a un Ratón ofendido y toda clase de animales empapados. Perder y recuperar el tamaño, sin control y en el peor momento, será una constante de toda la aventura: en el país de las maravillas, hasta el propio cuerpo es inestable.

La carrera en comité y la casa del Conejo

Ya en tierra, los animales mojados discuten cómo secarse, y el Dodo propone una disparatada «carrera en comité» en la que cada cual corre en círculos como quiere, se empieza y se acaba cuando a uno le parece, y al final —declara el Dodo— todos han ganado y todos merecen premio. Poco después, el Conejo Blanco confunde a Alicia con su criada y la manda a su casa a buscarle los guantes. Allí la niña bebe de otra botella y crece tanto que llena la habitación entera, con un brazo por la ventana y un pie en la chimenea, atrapada. Los animales, aterrados, le lanzan piedrecitas que se convierten en pastelitos; al comérselos vuelve a menguar y escapa a la carrera, perseguida por un vecindario indignado.

La oruga azul y el consejo del hongo

Huyendo por el bosque, Alicia se topa con una gran oruga azul que fuma tranquilamente una pipa de agua sentada sobre una seta. La oruga la interroga con una pregunta que la niña ya no sabe responder: «¿Quién eres tú?». Alicia confiesa, confundida, que con tantos cambios de tamaño ha dejado de estar segura de quién es, y que ni siquiera consigue recitar bien los poemas que sabía de memoria. Antes de marcharse arrastrándose, la oruga le da un consejo práctico que lo cambia todo: un lado de la seta la hará crecer y el otro, encoger. A base de mordisquitos de un lado y de otro —estirándose como una serpiente o hundiéndose hasta la barbilla entre los pies—, Alicia aprende por fin a regular su estatura casi a voluntad.

El bebé-cerdo y el Gato de Cheshire

Alicia llega a la casa de la Duquesa, un lugar lleno de humo y pimienta donde la cocinera estornuda sin parar y arroja por los aires cacharros, platos y hasta un bebé, mientras la Duquesa zarandea al niño que no deja de berrear y canta una brutal nana sobre pegar a los pequeños. La Duquesa le endosa el bebé y se marcha a jugar al croquet con la Reina; pero Alicia, al sacar al niño al aire libre, descubre atónita que se le ha convertido en los brazos en un cerdito gruñón, así que lo deja marchar trotando hacia el bosque. Entonces aparece, sobre la rama de un árbol, el Gato de Cheshire, con su enorme e inquietante sonrisa. El gato le explica, con una lógica retorcida, que allí todos están locos —ella incluida, pues de otro modo no habría llegado— y la orienta hacia la Liebre de Marzo, antes de desvanecerse poco a poco hasta dejar flotando en el aire tan solo su sonrisa, sin gato.

La merienda de los locos

Siguiendo la indicación del gato, Alicia da con la escena más famosa del libro: una merienda de té interminable al aire libre, presidida por el Sombrerero, la Liebre de Marzo y un Lirón que se queda dormido a media frase. Para ellos siempre son las seis de la tarde, la hora del té, porque el Sombrerero «riñó con el Tiempo» y este, ofendido, ha dejado de avanzar; por eso están condenados a merendar sin fin y van rotando de sitio en una mesa larga llena de tazas sucias que nunca friegan. Entre acertijos sin solución —el célebre «¿en qué se parece un cuervo a un escritorio?», que nadie sabe responder—, adivinanzas absurdas, groserías y un cuento soñoliento del Lirón sobre tres hermanitas que viven en el fondo de un pozo de melaza, la conversación no lleva a ninguna parte. Harta de tanto sinsentido, Alicia acaba levantándose indignada y los deja con su té eterno.

El jardín de la Reina de Corazones

Al fin Alicia logra entrar en el jardín que tanto deseaba, y resulta ser el reino de la temible Reina de Corazones. Lo primero que ve son tres naipes vivientes, con forma de jardineros, pintando frenéticamente de rojo unas rosas blancas, muertos de miedo: habían plantado por error un rosal del color equivocado, y si la Reina lo descubre les costará la cabeza. En efecto, la soberana es un vendaval de furia que, ante la menor contrariedad, grita su célebre sentencia: «¡Que le corten la cabeza!». Alicia es invitada a una delirante partida de croquet en la que los mazos son flamencos vivos que no paran de doblar el cuello, las bolas son erizos que se desenrollan y se van, y los aros son soldados-naipe que se levantan y cambian de sitio; nadie respeta turno ni regla, y la Reina reparte condenas a muerte a diestro y siniestro. Solo la sangre fría de la niña, y la reaparición burlona del Gato de Cheshire —que provoca una absurda disputa sobre cómo decapitar una cabeza que flota sin cuerpo—, evitan que rueden cabezas de verdad.

La Falsa Tortuga y el juicio final

La Reina envía a Alicia, en compañía de un Grifo, a conocer a la Falsa Tortuga, una criatura empapada en melancolía que llora sin consuelo recordando su escuela del fondo del mar, donde estudiaba asignaturas como «trabalenguas» y «marea de dibujo», y les enseña un disparatado baile marino, la «cuadrilla de la langosta». De repente, una trompeta los llama a todos a un juicio: la Sota de Corazones está acusada de haber robado las tartas que la Reina había preparado. En el tribunal reina el absurdo —un jurado de animalillos que no saben ni escribir su nombre, testigos insensatos como el Sombrerero y la cocinera, y un Rey que inventa las reglas sobre la marcha—. Llamada a declarar, Alicia nota que ha vuelto a crecer sin parar, hasta volverse enorme. Cuando la Reina, furiosa, ordena una vez más cortarle la cabeza, la niña, ya gigantesca y sin miedo, se planta y les grita que no son más que una baraja de cartas. En ese instante, todo el mazo se levanta por los aires y se le viene encima en un remolino.

El despertar

Alicia da un grito… y despierta sobresaltada en la ribera del río, con la cabeza en el regazo de su hermana y unas hojas secas cayéndole sobre la cara desde los árboles. Todo —el Conejo, el charco de lágrimas, la oruga, la merienda, la Reina, el juicio— había sido un sueño. Le cuenta a su hermana sus extrañas aventuras y se marcha corriendo a merendar. La hermana, sola, cierra los ojos y por un momento vuelve a soñar el mismo país; luego piensa en la mujer que Alicia llegará a ser, y en cómo, de mayor, conservará el corazón sencillo y la imaginación de su infancia, y hará reír a otros niños con la historia de su país de las maravillas.

El encanto del disparate

Alicia en el país de las maravillas parece un simple cuento de fantasía, pero su magia va mucho más allá. Carroll, matemático y amante de la lógica, construyó un mundo donde las reglas del lenguaje, del tiempo y del sentido común se vuelven del revés, y lo hizo con tanto ingenio que el «sinsentido» se convirtió en un arte literario con todas las de la ley. Bajo las risas late algo que todos reconocemos: la perplejidad de crecer en un mundo de adultos lleno de normas arbitrarias que a menudo no tienen ni pies ni cabeza, y el vértigo de no saber muy bien quién es uno mientras cambia sin parar.

Por eso el libro encanta por igual a niños y a mayores, y lleva siglo y medio inspirando ilustraciones, películas y expresiones que ya forman parte del habla común. Al final, Alicia nos deja una lección luminosa: que la curiosidad, la imaginación y el sentido del humor son la mejor brújula para no perderse cuando el mundo, de repente, deja de tener sentido.

N.º 8 de «Los 100 libros más leídos». El cuento que convirtió el disparate en arte y enseñó a varias generaciones a mirar el mundo con ojos curiosos.