Los 100 libros más leídos · N.º 5

Diez negritos

Agatha Christie · 1939
Diez desconocidos son atraídos a una isla de la que no pueden salir, y allí, uno a uno, van muriendo al ritmo de una vieja canción infantil.

Diez negritos es la novela más vendida de Agatha Christie y el misterio más leído de la historia: desde su publicación en 1939 se han vendido más de cien millones de ejemplares, y en las ediciones recientes también aparece con el título «Y no quedó ninguno». Bajo la trama de un asesinato imposible late una idea inquietante: la de un culpable que se cree con derecho a impartir justicia. Este es el recorrido completo de la obra, desenlace incluido.

La invitación a la Isla del Negro

Un caluroso día de agosto, diez personas que no se conocen entre sí viajan hacia la costa de Devon, en el suroeste de Inglaterra. Todas han recibido una carta que las invita a pasar unos días en la Isla del Negro, un peñón rocoso y pelado a poco más de un kilómetro de la costa, donde un millonario excéntrico mandó levantar años atrás una mansión moderna y luminosa. Sobre la isla corren toda clase de rumores: que la ha comprado una estrella de cine, que un lord la usa para sus fiestas, que el Almirantazgo la emplea para experimentos secretos. Nadie sabe con certeza quién es su dueño actual.

Cada invitado acude por un motivo distinto. El anciano juez Lawrence Wargrave, recién retirado, cree que le escribe una vieja amiga a la que no ve desde hace años. La joven Vera Claythorne, profesora de gimnasia, ha aceptado un empleo de secretaria para el verano. El aventurero Philip Lombard, un antiguo capitán curtido en África, ha recibido cien guineas y la promesa de un trabajo que exige «un hombre que no se asuste». La severa y religiosa Emily Brent espera unas vacaciones tranquilas junto a una conocida. El viejo general John Macarthur ha sido convocado para charlar con antiguos compañeros de armas. El doctor Edward Armstrong, médico de moda en Londres, ha sido llamado para atender a una esposa enferma. El joven y apuesto Anthony Marston, que conduce su deportivo a toda velocidad, cree que le espera una fiesta. Y un tal «Davis», que dice venir de Sudáfrica, es en realidad William Blore, un expolicía convertido en detective privado, contratado para vigilar a los demás invitados.

Una lancha los lleva hasta la isla. En la casa solo los reciben el mayordomo, Thomas Rogers, y su mujer, Ethel, la cocinera, también contratados por carta y sin haber visto nunca a su patrón. El dueño de la casa, un tal U. N. Owen, ha avisado de que llegará con retraso. Nadie parece conocerlo, y cada uno recuerda de él una versión distinta.

La canción y las figuritas

En cada dormitorio cuelga, enmarcada sobre la chimenea, una vieja canción infantil: la de los diez negritos que van desapareciendo uno tras otro, cada uno con una muerte distinta, hasta que al final no queda ninguno. Uno se atraganta, otro se queda dormido y no despierta, otro se queda allí para siempre, otro se parte en dos… Es una tonada de niños, pero leída en aquella casa aislada produce un extraño escalofrío.

Sobre la mesa del comedor esperan, además, diez pequeñas figuritas de porcelana dispuestas en círculo. Los invitados las encuentran graciosas: el nombre de la isla, la canción, las figuritas… todo parece formar parte de una broma del anfitrión. La cena es excelente, el vino abundante y el ambiente, aunque algo tenso, cordial. Nadie sospecha todavía que cada detalle ha sido preparado con precisión de reloj.

La voz que acusa

Después de la cena, cuando todos están reunidos en el salón tomando el café, una voz solemne resuena de repente en la habitación:

«Damas y caballeros, silencio, por favor. Se les acusa de los siguientes delitos…»

La voz nombra a los diez presentes uno por uno, y a cada uno lo acusa de una muerte del pasado de la que nunca respondió ante la ley. Anthony Marston atropelló con su coche a dos niños, John y Lucy Combes. El doctor Armstrong operó borracho a una paciente, Louisa Clees, que murió en la mesa. Vera Claythorne dejó que se ahogara el pequeño Cyril Hamilton, el niño que cuidaba. El juez Wargrave envió a la horca a un tal Edward Seton. Emily Brent echó de casa a su criada, Beatrice Taylor, embarazada y sola, que acabó quitándose la vida. El general Macarthur mandó a una muerte segura a Arthur Richmond, un joven oficial que era el amante de su esposa. Blore mintió bajo juramento y llevó a la cárcel a James Landor, que murió entre rejas. Lombard abandonó en la selva a veintiún hombres de una tribu africana, dejándolos morir de hambre. Y el matrimonio Rogers dejó morir a su anciana señora, Jennifer Brady, para cobrar la herencia que les había dejado.

La señora Rogers se desmaya. Los demás se miran con espanto. La voz sale de un gramófono de la habitación contigua: Rogers explica que se limitó a poner el disco siguiendo las instrucciones escritas del señor Owen, sin saber qué contenía. El disco lleva un título inquietante: «El canto del cisne».

Cada uno se defiende

Tras el primer susto, los invitados comparan sus cartas y descubren que todas son falsas: nadie los conocía, nadie los esperaba. «U. N. Owen», concluye el juez Wargrave, se lee como «Unknown», es decir, el Desconocido. Alguien los ha reunido con engaños, y ese alguien sabe demasiado de sus vidas.

Cada uno intenta justificarse. Unos niegan con indignación; otros cuentan su versión como un accidente o un deber cumplido. Emily Brent, en cambio, no muestra el menor arrepentimiento: la criada, dice, era una pecadora y recibió lo que merecía. Lombard es el único que admite su culpa sin rodeos: en la selva había que elegir entre salvarse él o salvar a los demás, y eligió salvarse. Marston, por su parte, se encoge de hombros: fue mala suerte, y de todos modos le retiraron el carné una temporada. Sin embargo, por dentro, cada uno sabe que la acusación tiene algo de verdad.

La primera muerte

Anthony Marston, riéndose de todo, apura de un trago su whisky. En ese mismo instante se atraganta, se lleva las manos a la garganta y cae fulminado. El doctor Armstrong lo examina: está muerto. En su vaso hay cianuro. Por un momento los invitados se aferran a la idea de un suicidio, aunque nadie se lo cree: aquel joven despreocupado era la última persona del mundo que pensaría en quitarse la vida.

Esa noche, al recoger el comedor, Rogers cuenta las figuritas de porcelana. Sobre la mesa ya solo quedan nueve. El primer negrito de la canción, el que se atragantó, se ha cumplido.

Las muertes se encadenan

A la mañana siguiente, la señora Rogers no despierta. Ha muerto mientras dormía, por una dosis excesiva del somnífero que el doctor Armstrong le había dado la noche anterior para calmarla. «Uno se quedó dormido y ya no despertó», dice la canción. Rogers está destrozado, pero algunos sospechan de él: quizá eliminó a su mujer por miedo a que confesara lo de la señora Brady. La lancha que debía traer provisiones cada mañana no llega. El mar empieza a encresparse.

El general Macarthur, en cambio, parece haber aceptado el destino. Se sienta junto al mar, mirando al horizonte, y le dice a Vera con una calma escalofriante que ninguno de ellos saldrá de la isla, que allí se acaba todo, y que es un alivio. A la hora de comer lo encuentran muerto en el mismo lugar, con la cabeza destrozada por un golpe. «Uno se quedó allí», dice la canción. Ya solo quedan siete figuritas.

Una tormenta aísla por completo la isla. No hay barca, no hay teléfono, no hay forma de pedir ayuda ni de escapar. Los supervivientes comprenden que están atrapados con alguien que quiere matarlos a todos, siguiendo al pie de la letra los versos de la canción.

Nadie viene de fuera

Los hombres registran la casa y la isla de arriba abajo, cada rincón, cada roca, cada cueva, buscando al misterioso Owen escondido. No encuentran a nadie. La isla es demasiado pequeña y desnuda para ocultar a un intruso. Entonces el juez Wargrave, con su frialdad de tribunal, pone en palabras la certeza más terrible: no hay nadie más en la isla. El asesino es uno de ellos, alguien que come en la misma mesa y finge el mismo miedo.

Wargrave toma el mando como si presidiera un juicio. Analiza uno por uno a los presentes y concluye que, en buena lógica, nadie puede ser descartado: ni el médico, ni el policía, ni la joven institutriz, ni la anciana devota. A partir de ese instante, la desconfianza lo envenena todo. Nadie quiere quedarse a solas con nadie, y al mismo tiempo nadie se atreve a fiarse de un grupo.

Cada vez menos

A la mañana siguiente, Rogers no prepara el desayuno. Lo encuentran en el cobertizo, junto a la leña que estaba cortando, muerto de un hachazo en la cabeza. «Uno se partió en dos», dice la canción. Vera, al borde de un ataque de nervios, se echa a reír sin poder parar.

Después del desayuno, Emily Brent se siente mareada y se queda sentada sola en el comedor, anotando en su diario frases cada vez más confusas. Cuando los demás vuelven, está muerta en su silla, con una pequeña marca en el cuello: le han inyectado cianuro con la jeringuilla del médico, que ha desaparecido. En la ventana zumba un abejorro. «A uno le picó una abeja», dice la canción.

Los cinco supervivientes deciden reunir y encerrar todo lo que pueda matar: los medicamentos del doctor, el revólver de Lombard, que ha desaparecido de su cajón, cualquier arma. Se registran unos a otros. Aun así, las muertes continúan. Esa tarde, mientras están a oscuras porque las velas escasean, Vera sube a su cuarto y grita: algo húmedo y viscoso le ha rozado la cara en la oscuridad; es un alga colgada del techo, puesta allí para aterrorizarla. Cuando los demás bajan, encuentran al juez Wargrave sentado en su sillón, con un disparo en la frente, vestido de forma grotesca con una toga hecha con una cortina roja y una peluca de lana gris, la misma lana que había desaparecido de la señorita Brent. El doctor Armstrong lo examina y confirma que está muerto. «Uno se metió en pleitos», dice la canción. Con él, según creen todos, muere la única cabeza fría que quedaba.

Los últimos

Esa noche, el revólver de Lombard aparece de nuevo en su cajón, como si nunca hubiera faltado. Poco después, Blore oye pasos y ve a alguien salir de la casa. Al comprobar las habitaciones descubren que el doctor Armstrong no está. Lo buscan por toda la isla bajo la tormenta, sin encontrarlo. Para los tres que quedan, la conclusión parece clara: Armstrong es el asesino y se ha escondido en algún lugar.

A la mañana siguiente, Blore vuelve solo a la casa a buscar comida. Mientras cruza el patio, un pesado reloj de mármol con forma de oso cae desde la ventana del dormitorio de Vera y le aplasta la cabeza. «A uno lo abrazó un oso», dice la canción. Poco después, Vera y Lombard descubren entre las rocas el cadáver de Armstrong, arrastrado por el mar: llevaba muerto horas. No pudo matar a Blore. Entonces, ¿quién?

Quedan, frente a frente, Vera Claythorne y Philip Lombard. Ninguno de los dos pudo haber estado en el dormitorio de Vera cuando cayó el reloj, pero cada uno está convencido de que el otro es el asesino. Vera, fingiendo debilidad, logra arrebatarle a Lombard el revólver en la playa y, cuando él se abalanza hacia ella, le dispara al corazón. «Uno se quemó al sol», dice la canción. Ya no queda nadie más… salvo ella.

Y entonces no quedó ninguno

Vera, aturdida, siente un inmenso alivio: está sola, está a salvo, ha sobrevivido. Vuelve a la casa como en trance. Pero en su mente resuenan la canción y el recuerdo de Cyril, el niño al que dejó nadar mar adentro sabiendo que no volvería, para que su tío Hugo, el hombre al que amaba, heredara la fortuna de la familia. Hugo lo adivinó y se apartó de ella para siempre.

Al entrar en su dormitorio, Vera encuentra colgando del techo un lazo preparado y, debajo, una silla. Cree sentir la presencia de Hugo, que la espera y aprueba lo que va a hacer. Sin resistirse, se sube a la silla, se pone la soga al cuello y la aparta de una patada. Se cumple así el último verso:

«…y entonces no quedó ninguno.»

El enigma sin respuesta

Cuando por fin amaina la tormenta, la policía llega a la isla y encuentra diez cadáveres. Scotland Yard reconstruye los hechos a partir de los diarios, las notas y los cuerpos, pero todo encaja y nada encaja. Alguien tuvo que colocar el reloj de mármol, alguien tuvo que devolver el revólver al cajón, y alguien tuvo que volver a colocar en su sitio la silla que Vera había apartado de una patada. Sin embargo, cada una de las diez víctimas parece haber muerto antes de poder hacerlo. Tampoco hay nadie más en la isla. Los inspectores se rinden: el caso parece, sencillamente, irresoluble.

La confesión en la botella

La verdad llega más tarde, dentro de una botella que la red de un barco pesquero recoge en el mar. Es la confesión del juez Wargrave. Desde niño, escribe, había sentido dos impulsos opuestos: un placer secreto ante la muerte y un sentido implacable de la justicia. Su carrera como juez le permitió satisfacer ambos, condenando a culpables. Pero al saberse enfermo y con poco tiempo de vida, quiso algo más: cometer un crimen grandioso, imposible de resolver.

Durante años fue reuniendo historias de personas culpables que la ley no había podido castigar. Las oyó en conversaciones, en clubes, en boca de médicos y de conocidos. Luego compró la isla a través de un intermediario, Isaac Morris, a quien envenenó antes de empezar para no dejar testigos. Organizó las muertes siguiendo la canción y, según confiesa, en orden de culpa: primero los menos culpables, al final los que más merecían sufrir el miedo.

Su muerte fue un engaño. Convenció al doctor Armstrong de que lo ayudara a fingirla, con la excusa de tender una trampa al verdadero asesino. El médico, crédulo, lo declaró muerto. Esa noche, Wargrave lo citó junto al acantilado y lo empujó al mar. Después dejó caer el reloj sobre Blore y preparó la soga para Vera, confiando en que su culpa y su agotamiento harían el resto. Cuando todo terminó, devolvió la silla a su lugar, se tumbó en su cama y se disparó en la frente con un revólver atado a una cuerda elástica, de modo que el arma quedara lejos de su mano y la escena coincidiera con lo que los demás habían descrito en sus notas. Escribió la confesión no por arrepentimiento, sino por vanidad: no soportaba la idea de que nadie supiera jamás que había cometido el crimen perfecto.

Por qué sigue importando

Diez negritos convirtió a Agatha Christie en la Reina del Crimen y fijó un molde que la novela negra repetiría durante décadas: un grupo cerrado, un lugar del que no se puede salir y un asesino entre los propios personajes. No hay detective que salve a nadie: los protagonistas están solos frente al miedo y frente a su propia conciencia. Por eso la novela sigue funcionando: el lector sospecha de todos, igual que los personajes, y la solución llega cuando ya no queda nadie para descubrirla.

Pero, más allá del mecanismo perfecto, la novela deja una pregunta incómoda: ¿quién decide quién merece el castigo? Los diez invitados son culpables, pero su verdugo también lo es. Bajo el suspense y el terror late una reflexión sobre la culpa que nadie confiesa, sobre el peso de la conciencia y sobre lo fácil que resulta llamar justicia a la venganza. Por eso, casi un siglo después, sigue atrapando a millones de lectores en todo el mundo.

N.º 5 de «Los 100 libros más leídos». El misterio perfecto de Agatha Christie: diez culpables, una isla sin salida y una canción que se cumple hasta el final.