Los 100 libros más leídos · N.º 7

El hobbit

J. R. R. Tolkien · 1937
La aventura de un hobbit hogareño que, casi sin quererlo, se une a trece enanos y a un mago para arrebatarle a un dragón el tesoro de una montaña, y vuelve a casa transformado para siempre.

El hobbit es el libro que abrió las puertas de la Tierra Media y uno de los relatos de aventuras más queridos de todos los tiempos. Escrito por J. R. R. Tolkien para sus propios hijos y convertido después en un clásico universal, cuenta un viaje de ida y vuelta: el de un ser pequeño y amante de la comodidad que descubre, lejos de casa, un valor y un ingenio que no sabía que tenía. Bajo la capa de cuento infantil late una historia honda sobre la codicia, la valentía y lo que de verdad merece la pena. Este es el recorrido completo de la novela, desenlace incluido.

Un hobbit tranquilo y una visita inesperada

En un cómodo agujero excavado en una colina —con puerta redonda, despensas repletas y chimenea siempre encendida— vive Bilbo Bolsón, un hobbit: una de esas criaturas pequeñas, de pies peludos, aficionadas a la buena mesa, al tabaco de pipa y a que nunca pase nada. Bilbo es respetable y previsible, orgulloso de no haber tenido jamás una aventura ni de haber hecho nada inesperado. Pero en su sangre se mezclan dos linajes: el sosegado de los Bolsón y el aventurero de los Tuk, la rama más alocada de su familia, de la que se contaban historias asombrosas. Esa chispa dormida está a punto de despertar.

Una mañana se presenta ante su puerta el mago Gandalf, viejo conocido de fuegos artificiales y palabras enigmáticas, que le anuncia que lo anda buscando «para una aventura». Bilbo, muy cortés y muy asustado, lo despide con un «buenos días» y lo invita a un té… sin imaginar lo que ha aceptado. Al día siguiente, sin previo aviso, van llamando a su puerta trece enanos, uno tras otro, que entran como si la casa fuera suya, vacían su despensa, hacen malabares con la vajilla y, al caer la tarde, entonan junto al fuego una canción grave y hermosa sobre un tesoro perdido y una montaña lejana. Los encabeza Thorin Escudo de Roble, enano orgulloso y solemne, heredero de un reino arrebatado. El pobre Bilbo, aturdido entre tanta barba y tanto plato sucio, no entiende qué hace toda aquella gente en su salón… hasta que comprende que Gandalf lo ha metido, sin preguntarle, en algo mucho más grande que él.

El tesoro, el dragón y el saqueador

Los enanos tienen una misión heredada. Hace generaciones, su pueblo vivía en la abundancia bajo la Montaña Solitaria, donde el abuelo de Thorin reinaba sobre salas talladas en la roca y ríos de oro, hasta que el dragón Smaug cayó sobre ellos desde el norte, los expulsó entre fuego y los que no murieron huyeron a vagar por el mundo. El monstruo se adueñó del reino y del tesoro, y sobre aquel oro inmenso dormía desde entonces. Thorin y los suyos quieren volver para recuperar lo que fue de sus antepasados. Y, para colarse en la montaña sin despertar al dragón, necesitan a alguien sigiloso y de pies ligeros: un saqueador profesional. Gandalf, para asombro de todos, les ha prometido justo lo que buscaban, y ha elegido a Bilbo.

Bilbo se siente de todo menos un saqueador, y los enanos miran con franca desconfianza a aquel hobbit blando y acomodado que se desmaya al oír hablar de dragones. Pero el mago insiste, con una seguridad que no admite réplica, en que hay en él mucho más de lo que aparenta, incluso más de lo que el propio Bilbo sospecha. Se firma un contrato minucioso —con su parte del botín, los gastos del viaje y la advertencia de posibles «funerales»— y Gandalf les entrega un viejo mapa de la montaña y una llave. A la mañana siguiente, casi sin tiempo de coger un pañuelo, el orgullo Tuk puede más que el miedo Bolsón, y Bilbo sale corriendo tras la compañía. Así, sin equipaje y sin estar preparado, el hobbit más casero del mundo emprende el viaje hacia el Este, hacia la montaña del dragón.

Trols en el camino

La primera prueba llega pronto, y es un desastre. Una noche fría y lluviosa, ya en tierras salvajes, la compañía avista el resplandor de una hoguera entre los árboles y envía a Bilbo —que para eso es el saqueador— a investigar. Son tres trols enormes, brutos y tragones, que hablan como palurdos y discuten a voces sobre cómo cocinar lo que han cazado. Bilbo, para demostrar su valía, intenta vaciar el bolsillo de uno de ellos, pero el bolsillo es un bolsillo parlante que da la alarma, y el hobbit es atrapado al instante. Luego van cayendo, uno a uno, todos los enanos que acuden a buscarlo, metidos en sacos, y la aventura parece acabada antes de empezar, con la compañía a punto de terminar asada o aplastada para la cena de los trols.

Los salva Gandalf, que había desaparecido justo a tiempo. Escondido en la oscuridad, el mago imita las voces de los propios trols y los enreda en una discusión tan larga y tan tonta sobre la manera de guisar a sus prisioneros que, entre réplicas y empujones, los sorprende el amanecer; y los trols, como corresponde a su especie, se convierten en piedra con la primera luz del sol. En su guarida, la compañía encuentra oro enterrado y, entre el botín, unas espadas antiguas de fabricación élfica, forjadas en una edad gloriosa. Thorin y Gandalf toman dos hojas de nombre ilustre, y Bilbo se queda con una daga que para él es casi una espada. Esa pequeña hoja, andando el tiempo, le salvará la vida.

Rivendel y el mapa secreto

Repuestos del susto, los viajeros llegan a Rivendel, el Último Hogar al oeste de las Montañas, el refugio escondido de los elfos en un valle risueño lleno de cascadas y de canciones. Allí los recibe el sabio y bondadoso Elrond, señor de larga memoria, y la compañía descansa unos días en aquel lugar de paz donde el cansancio y el miedo parecen quedar fuera, al otro lado del río. Pero Rivendel no es solo un alto en el camino: es donde el viaje da un paso decisivo.

Elrond reconoce las espadas de los trols y lee los nombres grabados en ellas, forjadas para antiguas guerras contra los trasgos. Y, al examinar a la luz de la luna el viejo mapa de los enanos, descubre en él unas letras lunares: una escritura secreta hecha con una tinta que solo se revela a la luz de la luna en la misma estación y la misma forma en que fue trazada. El mensaje aclara lo que les faltaba saber: hay una puerta oculta en el costado de la Montaña Solitaria, y únicamente podrá abrirse un día concreto del otoño, al caer la última luz, por quien sepa estar allí en el momento preciso. Con esa pista grabada en la memoria, la compañía se despide de Rivendel y se interna en las temibles Montañas Nubladas.

Tormenta en las montañas y los trasgos

El paso de las Montañas es terrible. Una tormenta descomunal sacude las cumbres, y entre los relámpagos los viajeros contemplan con espanto cómo unos gigantes de piedra se arrojan peñascos unos a otros por pura diversión, como quien juega a los bolos en mitad del cielo. Calados y aterrados, buscan refugio en una cueva seca que parece segura y se duermen. Pero en plena noche el fondo de la cueva se abre como una trampa, y por la grieta irrumpe una horda de trasgos (los goblins) que los captura a todos, se lleva los ponis y los arrastra por estrechos pasadizos hacia las profundidades de la montaña.

En las entrañas de la roca, ante el trono del Gran Trasgo, la situación es desesperada. De nuevo los rescata Gandalf, que surge de las sombras como un relámpago, apaga de golpe todas las antorchas y abre paso a mandoblazos, matando al propio Gran Trasgo. La compañía huye a oscuras por los túneles, a la carrera, perseguida de cerca por los trasgos enfurecidos que conocen cada recodo. Y en esa fuga frenética, en medio de un tropel de empujones, de gritos y de caídas, el enano que carga a Bilbo a la espalda tropieza: el hobbit sale despedido, se golpea la cabeza contra la piedra y queda atrás, solo y sin sentido, perdido en la negrura absoluta de las raíces de la montaña.

Acertijos en las tinieblas: Gollum y el anillo

Cuando Bilbo despierta, está completamente a oscuras y completamente solo, sin saber hacia dónde han ido los enanos ni por dónde se sale. A tientas por el túnel, su mano tropieza en el suelo con un objeto pequeño, frío y redondo, y lo guarda en el bolsillo casi sin pensarlo: un sencillo anillo de oro. Más adelante, el pasadizo desemboca en la orilla de un lago negro y helado, y allí vive, en un islote de roca en medio del agua, una criatura viscosa y escurridiza, vieja como las piedras, de ojos grandes y luminosos como linternas, que se llama a sí misma «mi tesoro» y responde al nombre de Gollum.

Para decidir la suerte del intruso, los dos acuerdan jugar al antiquísimo y sagrado duelo de acertijos, un juego que ninguna criatura se atreve a hacer trampas en él: si gana Bilbo, Gollum lo guiará hasta la salida; si pierde, Gollum se lo comerá. Las adivinanzas se van sucediendo, cada vez más oscuras y más antiguas —sobre el viento sin voz, sobre el tiempo que todo lo devora, sobre la oscuridad misma—, y el miedo le hiela a Bilbo la lengua. Acorralado y sin ideas, con la mano en el bolsillo, el hobbit pregunta en voz alta, para sí mismo: «¿Qué tengo en el bolsillo?». Gollum lo toma por el acertijo de turno, exige sus tres oportunidades de costumbre, falla las tres… y pierde el juego. Pero, en vez de cumplir el trato, se desliza hasta su isla para buscar su «tesoro» y matar a Bilbo a traición amparado por él, y descubre entonces, con un alarido de desesperación, que su anillo ha desaparecido: es, precisamente, el que el hobbit lleva sin saberlo en el bolsillo.

Al deslizárselo por casualidad en los dedos durante la huida, Bilbo descubre su poder asombroso: el anillo lo vuelve invisible. Así puede seguir a Gollum sin ser visto mientras la criatura, enloquecida, corre hacia la salida convencida de que el ladrón escapará por allí. Y en la boca misma del túnel llega la prueba más importante del libro: Bilbo, invisible y con la daga en la mano, podría matar sin riesgo a aquel ser miserable que le cierra el paso, y por un instante lo piensa. Pero una oleada de comprensión y de lástima lo detiene: imagina de pronto la vida entera de Gollum, su soledad sin fin en la oscuridad, y en vez de clavarle la hoja da un salto desesperado por encima de él y escapa hacia la luz. Esa piedad —no matar cuando se podía, cuando habría sido tan fácil— es, aunque entonces nadie lo sepa ni él lo entienda, uno de los gestos que decidirán, muchos años después, el destino del mundo.

De la sartén al fuego: lobos y águilas

Bilbo sale al fin por una puerta a la ladera de la montaña y, para su enorme alegría, se reúne con los enanos y con Gandalf, que ya lo daban por perdido y discutían si debían volver a buscarlo. El hobbit, prudente, les cuenta cómo escapó de Gollum, pero se guarda para sí el pequeño detalle del anillo. Su reaparición inesperada —y el rumor de que ha encontrado la manera de volverse invisible— hace que los enanos empiecen, por fin, a mirarlo con algo parecido al respeto. Pero no hay tiempo para celebraciones: cae la noche y los sorprende una manada de huargos, enormes lobos salvajes aliados de los trasgos, que los obligan a trepar desesperados a las copas de unos pinos.

Atrapados allá arriba, con los lobos aullando abajo y los trasgos acudiendo con antorchas para prender fuego a los árboles y asfixiarlos con el humo, la situación vuelve a parecer el final de todo. Gandalf, desde las ramas, arroja piñas mágicas ardiendo que estallan entre los enemigos, pero no basta para contenerlos. La salvación llega del cielo: las grandes Águilas de las Montañas, que todo lo vigilan desde las alturas y odian a los trasgos, descienden en picado, arrebatan a la compañía de entre las llamas y los lobos y los llevan, volando sobre el bosque, hasta un peñasco seguro. De la sartén han saltado al fuego, y del fuego los han sacado unas alas.

La casa de Beorn

Las Águilas los dejan cerca de la morada de un personaje extraordinario: Beorn, un hombre gigantesco, de barba espesa y brazos como troncos, que vive solo entre colmenas y prados y que posee el don de cambiar de piel y convertirse, cuando quiere, en un enorme oso negro. Es brusco y no se fía de nadie, así que Gandalf, con mucha astucia, va presentándole a los enanos de dos en dos mientras le cuenta la historia del viaje, para que la curiosidad crezca antes que el enfado y no se asuste de verlos a todos de golpe. Enemigo jurado de los trasgos, Beorn acaba divertido con el relato y acoge a la compañía en su gran casa de madera, donde unos animales mansos y bien adiestrados sirven la mesa y los huéspedes comen pan, miel y nata hasta hartarse.

Durante la noche, Beorn sale en forma de oso a comprobar si la historia es cierta, y al volver, convencido, provee a los viajeros de ponis, odres de agua y provisiones para la etapa siguiente. Pero también les hace una advertencia muy seria sobre el bosque que deben atravesar, el Bosque Negro: que no se aparten jamás del sendero, pase lo que pase, y que no beban ni se bañen en sus aguas encantadas, porque quien se extravía en aquella espesura no vuelve a salir. Con esa advertencia resonándoles en los oídos, la compañía devuelve los ponis al llegar al linde, según lo prometido, y se adentra a pie en la penumbra del bosque más temible de aquellas tierras. Y aquí Gandalf, que tiene otros asuntos graves que atender en el sur, se despide: a partir de ahora, Bilbo y los enanos están solos.

El Bosque Negro y las arañas

El Bosque Negro es una pesadilla sin fin. Bajo su techo cerrado de ramas no entra el sol; el aire es espeso y sofocante, el sendero parece no acabar nunca, y unos ojos extraños los acechan en la oscuridad a ambos lados. El hambre y la sed los van enloqueciendo; uno de los enanos, el gordo Bombur, cae sin querer en un arroyo de aguas negras y encantadas y se hunde en un sueño profundo del que tardará días en despertar, y al que hay que llevar a cuestas. Desesperados, al borde de la locura por el hambre, los enanos cometen el error que Beorn les prohibió: se apartan del camino, atraídos una y otra vez por las luces y las risas de un banquete de elfos que se desvanece en cuanto se acercan. Y, perdidos ya entre los troncos, caen en las redes de unas arañas gigantes que los adormecen con su veneno y los envuelven, uno a uno, en telarañas para devorarlos más tarde.

Y aquí Bilbo se convierte, por fin, en un verdadero héroe. Él, que se había puesto el anillo justo a tiempo, es el único que sigue libre. Invisible, con su pequeña daga mata a varias arañas y, por primera vez, le pone nombre a su hoja: la llama Dardo. Después, con una mezcla de astucia y de valor que él mismo no se conocía, canta canciones burlonas para enfurecer a los monstruos y los atrae lejos de sus prisioneros; luego regresa a toda prisa, corta las telarañas y va despertando y liberando a los enanos uno a uno, peleando a ciegas entre las ramas. El antiguo señorito asustadizo que robaba bolsillos a los trols se ha transformado en el salvador de la compañía, y los enanos lo saben. Pero el peligro no ha terminado: agotados y sin Thorin —que había caído prisionero antes—, los supervivientes son capturados por los elfos del bosque, desconfiados de todo forastero, y conducidos a las mazmorras de su rey.

Prisioneros de los elfos y la huida en barriles

Los enanos quedan encerrados, cada uno en su celda, en el palacio subterráneo del Rey Elfo, que no cree una palabra de su historia, sospecha que han ido a robar y se niega a soltarlos mientras no confiesen a qué han venido. Thorin, el más orgulloso, calla por los suyos y resiste en una mazmorra sin saber qué ha sido de sus compañeros. Solo Bilbo escapa a la prisión, porque, invisible gracias al anillo, nadie lo ve. Durante semanas interminables, el hobbit vive como un fantasma por los pasillos del palacio élfico, durmiendo en rincones, robando comida de las cocinas y espiando a los guardias, hasta que da con los calabozos de sus amigos y, poco a poco, idea un plan tan ingenioso como arriesgado.

Descubre que los elfos envían sus barriles vacíos por una trampilla al río que corre bajo el palacio, para que la corriente los lleve hasta la Ciudad del Lago, donde se los devuelven llenos de vino. Así que, aprovechando una noche de fiesta en que los guardias duermen la borrachera, Bilbo roba las llaves, saca a los enanos de sus celdas, los mete a cada uno dentro de un barril y cierra las tapas. Cuando los elfos arrojan los barriles al agua sin sospechar su carga, la corriente los arrastra fuera del palacio. Él mismo, que no tiene barril, se agarra como puede a la madera, empapado, aterido y muerto de miedo. Zarandeados por la corriente, magullados pero libres, los enanos salen del Bosque Negro flotando río abajo hacia la siguiente parada de su viaje. El saqueador ha vuelto a cumplir, una vez más, aquello para lo que fue contratado.

La Ciudad del Lago

El río los lleva por fin hasta Esgaroth, la Ciudad del Lago, una populosa población de hombres construida sobre pilares de madera en mitad de las aguas, a la sombra lejana de la Montaña Solitaria. Cuando Bilbo saca a los enanos empapados y entumecidos de sus barriles y Thorin se presenta con solemnidad como el legítimo Rey bajo la Montaña, que ha vuelto por fin, la ciudad estalla de alegría: las viejas canciones hablaban del día en que el rey regresaría y el río correría de nuevo con oro, y el pueblo recibe a la compañía con músicas, banquetes y honores.

El Gobernador de la ciudad, un hombre calculador y aficionado al comercio, los apoya más por el interés del oro prometido que por fe en las viejas leyendas, pero les proporciona barcas, armas, ponis y provisiones para la última etapa. Reconfortados y aclamados, los enanos remontan el lago y llegan al pie de la montaña, a una tierra gris y desolada que el dragón convirtió hace mucho en un páramo de rocas quemadas y silencio. Allí, entre la ceniza, deberán encontrar la puerta secreta que les reveló el mapa de Elrond. La aventura entra en su recta final, y lo peor está aún por llegar.

La Montaña Solitaria y el dragón Smaug

Tras muchos días de búsqueda por la ladera, trepando entre riscos, la compañía da al fin con una estrecha repisa y, en ella, con la puerta secreta, un rectángulo de piedra lisa sin cerradura visible. Pero no logran abrirla por más que empujan y golpean. Solo cuando Bilbo, atento como siempre a los pequeños detalles, recuerda las palabras exactas del mapa y aguarda pacientemente hasta el atardecer del último día del otoño, un postrer rayo de sol poniente cae justo sobre la roca y hace saltar un hueco donde encaja la llave: la puerta se abre con un chasquido. Y entonces le toca a Bilbo la parte más terrible de su contrato: bajar solo por el túnel, en la oscuridad, hasta la guarida del dragón.

Con el corazón en la garganta, el hobbit desciende y encuentra a Smaug dormido sobre una colina deslumbrante de oro, joyas y armaduras, tan grande que el resplandor rojizo de su vientre ilumina toda la sala. Temblando, Bilbo roba una copa labrada como prueba de su hazaña y la sube a los enanos; pero el dragón, que cuenta hasta la última moneda de su tesoro, despierta y monta en una cólera volcánica. En un segundo y arriesgadísimo descenso, Bilbo, invisible gracias al anillo, sostiene con Smaug una conversación tensa y cortés a la vez: no se atreve a dar su nombre, así que se describe con acertijos y títulos enigmáticos —«el que camina sin ser visto», «el jinete de los barriles», «el elegido para el número de la suerte»—, halaga sin descanso la vanidad del dragón para hacerlo hablar y, mientras tanto, lo observa con disimulo. Y así descubre el secreto que lo decide todo: bajo las escamas doradas y las gemas incrustadas en su pecho, el viejo Smaug tiene un punto desnudo, un hueco sin coraza a la izquierda del pecho, justo sobre el corazón. Un pájaro, un viejo zorzal posado en la ladera, escucha sin ser visto aquella revelación.

La muerte de Smaug

Furioso al sentirse espiado y burlado en su propia guarida, y convencido de que son los hombres de la Ciudad del Lago quienes han enviado a los ladrones, Smaug sale volando de la montaña en plena noche y se lanza contra Esgaroth para arrasarla y castigarla. Bajo un cielo convertido en fuego, el dragón incendia las casas de madera una tras otra, y la ciudad entera, iluminada como una antorcha sobre el agua, parece condenada a desaparecer. Pero entre sus defensores hay un arquero valiente y sombrío, Bardo, capitán de la guardia y descendiente de los antiguos señores de aquellas tierras, que planta cara al monstruo cuando todos huyen.

Cuando ya solo le queda una flecha, la flecha negra heredada de sus mayores y que nunca se ha perdido, el viejo zorzal se posa junto a Bardo y, en la lengua de los hombres, le susurra el secreto que había oído en la montaña: el hueco sin escamas en el pecho izquierdo del dragón. Bardo tensa el arco con toda su alma, apunta a la única sombra del vientre dorado y dispara. La flecha negra se clava justo en ese punto, hasta las plumas, y el gran Smaug, el terror de toda la comarca, lanza un último rugido y cae fulminado desde el cielo sobre las aguas del lago, que silban y humean al tragarse su fuego. La ciudad ha quedado destruida y mucha gente ha perdido su hogar, pero el dragón ya no existe, y su inmenso tesoro, de pronto, se ha quedado sin dueño.

La Batalla de los Cinco Ejércitos

La muerte del dragón, lejos de traer paz, desata la codicia. Thorin y los enanos ocupan la montaña recuperada y su fabuloso tesoro, y Thorin fortifica la entrada. Pero a la puerta se presentan pronto quienes también reclaman una parte: los hombres de la Ciudad del Lago, que lo han perdido todo por culpa de un dragón que no era suyo y necesitan el oro para reconstruir sus vidas antes del invierno, y los elfos del bosque, que acuden con ellos. Thorin, sin embargo, ha enfermado de la peor de las fiebres: la codicia del oro, la misma que ya había cegado a sus antepasados. Encerrado tras los muros, con la mirada perdida en el tesoro, se niega a entregar una sola moneda, llama en su ayuda a sus parientes enanos de las Colinas de Hierro y se prepara para la guerra contra quienes, poco antes, lo habían recibido como a un rey.

Para evitar esa batalla fratricida entre antiguos aliados, Bilbo da el paso más noble y más arriesgado de toda su vida. En secreto, durante el saqueo, se había guardado la joya más preciada del tesoro, la Piedra del Arca, el corazón resplandeciente de la montaña que Thorin ansía por encima de cualquier otra cosa. Y una noche, descolgándose en silencio por la muralla, se la entrega a los hombres y a los elfos para que la usen como moneda de cambio y obliguen a Thorin a negociar en vez de combatir. Es una especie de traición a su amigo cometida por amor a la paz, y Bilbo lo sabe, y aun así lo hace. Cuando Thorin descubre al día siguiente lo ocurrido, monta en una cólera terrible y está a punto de arrojar al hobbit por encima del muro.

Cuando el enfrentamiento entre los tres pueblos parece ya inevitable, todo cambia de golpe: una horda inmensa de trasgos y huargos, llegada en secreto desde las montañas para vengar la muerte de su Gran Trasgo y apoderarse del tesoro sin dueño, cae sobre el valle. Enemigos de un momento antes —enanos, hombres y elfos— se unen a la desesperada contra el mal común en la Batalla de los Cinco Ejércitos. La lucha es feroz y durante horas la derrota parece segura, hasta que llegan, oscureciendo el cielo, las Águilas de las Montañas, y con ellas el gran oso Beorn, que irrumpe en el combate con una fuerza arrolladora, derriba al capitán de los trasgos y hace volver la suerte. El enemigo es por fin destruido, pero el precio es muy alto: Thorin cae herido de muerte al frente de su última carga. Antes de morir, hace llamar a Bilbo, se reconcilia con él y le pide perdón por sus palabras en la puerta; ya libre de la fiebre del oro, pronuncia unas palabras que son el corazón mismo del libro: que si más gente valorase la buena comida, la alegría y las canciones por encima del oro atesorado, el mundo sería un lugar mucho más feliz. Con él caen también, defendiéndolo hasta el final, sus dos jóvenes sobrinos, Fíli y Kíli.

«Si más de nosotros diéramos más valor a la comida, a la alegría y a las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz.»

El regreso: ida y vuelta

Terminada la batalla y repartido el tesoro con justicia —Bardo recibe su parte para reconstruir la Ciudad del Lago, y los elfos la suya—, llega la hora de volver a casa. Bilbo, a quien correspondería una fortuna incalculable por su parte del contrato, la rechaza casi entera: acepta solo dos pequeños cofres, uno de oro y otro de plata, convencido con sencillez de que no sabría qué hacer con más, de que no podría llevárselo a cuestas y de que tanta riqueza junta solo trae guerras y desdichas. Se despide con lágrimas de los enanos supervivientes, que ya lo quieren como a un hermano, y emprende el largo camino de vuelta en compañía de Gandalf, haciendo escala en la casa de Beorn, donde pasan el invierno, y en el valle de Rivendel, donde por fin, con calma, empieza a comprender la magnitud de todo lo que ha vivido.

Cuando llega por fin a su querido agujero, en primavera, se encuentra con una última sorpresa muy poco heroica: lo daban por muerto y están subastando en la misma puerta todas sus pertenencias. Bilbo recupera a duras penas su casa y sus cosas, y hasta tiene que comprar de vuelta parte de su propia vajilla. Pero ha perdido para siempre su antigua y cómoda respetabilidad: para sus vecinos será, desde entonces, un hobbit raro, de fiar poco, que habla con elfos y enanos, que se marcha de viaje y que escribe versos. A él ya no le importa lo más mínimo. Ha ganado algo mucho más valioso que el oro —amigos de verdad, recuerdos para toda una vida y la certeza serena de su propio valor— y vuelve a sentarse feliz junto a su chimenea, con lo justo para vivir tranquilo. De todo aquel viaje conserva, además, un pequeño recuerdo que considera un simple truco útil para esquivar visitas pesadas: un anillo de oro que lo vuelve invisible. Ni él ni nadie sospecha todavía la sombra inmensa que esa menudencia esconde.

Más que un cuento: el umbral de la Tierra Media

El hobbit es, en apariencia, un cuento sencillo: un viaje de ida y vuelta, «there and back again», como lo subtituló su propio autor. Pero bajo esa aventura de dragones y tesoros late una idea que cualquiera reconoce y siente como suya: que las personas más pequeñas y corrientes, las que creen no valer para nada extraordinario, pueden crecer hasta hacer cosas inmensas cuando la vida las empuja al otro lado de su puerta. Bilbo no vence por ser el más fuerte ni el más valiente de nacimiento, sino por ser el más compasivo, el más astuto y el más fiel a sí mismo; y su mayor hazaña no es matar a nadie, sino perdonar una vida cuando podía quitarla.

Con este libro, Tolkien no solo escribió un clásico de la literatura infantil y juvenil que han amado generaciones enteras; abrió la puerta de la Tierra Media, el mundo imaginario más influyente de la literatura moderna, del que nacería después El Señor de los Anillos. Aquel anillo que Bilbo encontró por azar en la oscuridad de una cueva se revelará, años más tarde, como el objeto más peligroso de todos, el centro de la mayor de las aventuras. Por eso El hobbit se lee a la vez como un cuento perfecto y redondo y como el primer capítulo de una historia inmensa, y por eso sigue conquistando, generación tras generación, a millones de lectores en todos los rincones del mundo.

N.º 7 de «Los 100 libros más leídos». La pequeña gran aventura que enseñó al mundo que hasta el ser más hogareño puede cambiar su destino, y que abrió las puertas de la Tierra Media.