El Principito
Con cientos de millones de ejemplares y traducciones a cerca de quinientas lenguas, El Principito es uno de los libros más leídos de la historia. Lo escribió el aviador francés Antoine de Saint-Exupéry en 1943, exiliado en Nueva York y en plena Segunda Guerra Mundial, y lo ilustró él mismo con sus célebres acuarelas. Bajo la apariencia de un cuento para niños late una de las meditaciones más hondas y sencillas sobre la amistad, el amor y la mirada limpia que los adultos han ido perdiendo. Este es el recorrido completo del relato, con su final incluido.
El dibujo que los mayores no entendían
El narrador cuenta que, a los seis años, leyó en un libro sobre la selva que las serpientes boas se tragan enteras a sus presas y luego duermen meses mientras las digieren. Impresionado, hizo su primer dibujo: una boa que se había tragado un elefante. Se lo enseñó con orgullo a los mayores y les preguntó si les daba miedo; ellos respondieron que por qué iba a dar miedo un sombrero. Nadie veía al elefante dentro de la serpiente: solo un sombrero.
Decepcionado, el niño dibujó entonces la boa por dentro, para que lo entendieran. Pero los mayores le aconsejaron dejarse de dibujos de serpientes, por dentro y por fuera, y dedicarse a la geografía, la historia y las matemáticas, a las cosas «serias». Así, con el corazón un poco encogido, abandonó una prometedora carrera de pintor y se hizo aviador. Creció rodeado de personas razonables, incapaces de ver más allá de lo evidente, y a lo largo de los años aprendió que, cuando hablaba con un adulto de aspecto lúcido, bastaba enseñarle su viejo dibujo número uno para comprobar que seguía viendo, invariablemente, un sombrero. Entonces le hablaba de golf, de política y de corbatas, y el mayor quedaba encantado de haber conocido a un hombre tan sensato.
Una avería en el desierto
Así pasó la vida el narrador, solo, sin nadie con quien hablar de verdad, hasta que hace seis años una avería en el motor lo obligó a aterrizar de emergencia en pleno desierto del Sáhara, a mil millas de todo lugar habitado. No llevaba ni mecánico ni pasajeros, y se dispuso a intentar él mismo la difícil reparación, sabiendo que apenas le quedaba agua para una semana. Aquella primera noche se durmió sobre la arena, más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano.
Al amanecer lo despertó una vocecita insólita e inesperada. Decía, muy en serio: «Por favor… dibújame un cordero». El narrador se levantó de un salto y vio, plantado ante él, a un extraordinario niño rubio que lo miraba con gravedad. No parecía ni perdido, ni muerto de hambre o de sed, ni asustado, en medio de aquel desierto infinito. Era el principito. Y con él empezó la amistad más importante de la vida del aviador.
El cordero en la caja
El narrador no sabía dibujar corderos, así que trazó lo único que sabía: su vieja boa con el elefante dentro. El principito, para su asombro, no quiso un sombrero: pidió otra cosa, porque donde él vivía todo era muy pequeño y necesitaba un cordero. El aviador dibujó entonces un cordero, pero el niño lo rechazaba una y otra vez: este parecía enfermo, aquel era un carnero con cuernos, el otro demasiado viejo. Al final, perdiendo la paciencia y con prisa por reparar el motor, el narrador garabateó una simple caja con unos agujeros y le dijo que el cordero que quería estaba dentro. Para su sorpresa, el rostro del pequeño juez se iluminó: aquel era exactamente el cordero que deseaba. Dibujar con el corazón lo que no se ve: esa fue la primera lección que el niño le enseñó sin proponérselo.
El asteroide B-612
Poco a poco, con preguntas sueltas, el narrador fue averiguando de dónde venía el principito: de un planeta diminuto, apenas más grande que una casa, al que los astrónomos llaman asteroide B-612. El narrador explica, con ironía, que ese asteroide lo descubrió una vez un astrónomo turco, pero que, como iba vestido a la manera de su país, nadie en los congresos creyó su hallazgo; años después repitió la demostración con un elegante traje europeo, y entonces todo el mundo le dio la razón. Así son los mayores: necesitan cifras, trajes y pruebas para creer en lo esencial.
Por eso —dice el narrador— cuenta estos detalles del asteroide: a las personas grandes les encantan los números. Si uno les habla de un amigo nuevo, nunca preguntan por lo importante —su voz, sus juegos, si colecciona mariposas—, sino cuántos años tiene, cuánto pesa o cuánto gana su padre, y solo entonces creen conocerlo.
Los baobabs y los volcanes
La vida en aquel planeta minúsculo tenía sus tareas. Cada mañana, el principito deshollinaba sus tres volcanes —dos en activo y uno apagado, que le servían para calentar el desayuno—, porque un volcán bien limpio arde suave y regularmente. Y, sobre todo, arrancaba sin descanso los brotes de baobab. Los baobabs empiezan siendo pequeños, pero si se los deja crecer pueden llenar con sus raíces un planeta tan pequeño y hacerlo estallar. Por eso hay que arrancarlos en cuanto se distinguen de los rosales. Es una disciplina aburrida pero necesaria, y el niño la resumía en un consejo sencillo: cuando uno termina de arreglarse por la mañana, debe arreglar con cuidado su planeta.
La rosa orgullosa
Un día, de una semilla llegada quién sabe de dónde, brotó en el planeta una flor nunca vista. El principito la vigiló con ternura mientras se preparaba, y por fin se abrió una mañana, hermosísima: una rosa. Pero la flor, consciente de su belleza, era también coqueta y caprichosa. Pedía un biombo contra las corrientes de aire, exigía ser cubierta de noche con un fanal, se quejaba, presumía de sus cuatro espinas como si fueran garras capaces de enfrentarse a los tigres. El principito, que la amaba y quería creer todo lo que ella decía, empezó sin embargo a sentirse muy desdichado entre tanto reproche.
Demasiado joven aún para saber amar, el niño se dejó llevar por las palabras de la rosa en lugar de atender a sus actos de cariño, y decidió marcharse a conocer otros mundos. El día de la partida regó la flor por última vez y se dispuso a cubrirla con el fanal. Entonces la rosa, por fin sincera, le confesó que había sido tonta, le pidió perdón y le deseó que fuera feliz; le dijo que dejara el fanal, que ya no lo quería, y que, si deseaba una mariposa, tendría que soportar dos o tres orugas. El principito partió sin comprender todavía la ternura escondida bajo aquel orgullo.
El rey, el vanidoso y el bebedor
En su viaje, el principito visitó varios asteroides vecinos, para instruirse y buscar una ocupación. En el primero reinaba un rey vestido de armiño, que creía gobernar sobre todo el universo pero no tenía un solo súbdito. El rey no toleraba la desobediencia, aunque era bondadoso porque solo daba órdenes razonables: si mandaba ponerse el sol, esperaba a la hora en que el sol se pone de todos modos. Le enseñó al niño una lección sabia: es mucho más difícil juzgarse a uno mismo que juzgar a los demás, y quien logra juzgarse bien es un verdadero sabio.
En el segundo planeta vivía un vanidoso que solo oía los elogios y pedía al principito que aplaudiera para quitarse el sombrero y saludar; se aburría pronto de admirar a nadie que no fuera a sí mismo. En el tercero, un bebedor rodeado de botellas le dio la más triste de las respuestas: bebía para olvidar que sentía vergüenza… vergüenza de beber. El niño siguió su camino desconcertado, pensando que, decididamente, las personas mayores eran muy raras.
El hombre de negocios, el farolero y el geógrafo
En el cuarto planeta, un hombre de negocios contaba sin parar las estrellas, convencido de poseerlas por el solo hecho de ser el primero en pensar en ello, y las anotaba en papeles que guardaba en un banco. El principito, en cambio, pensaba que él sí era útil a su flor y a sus volcanes, porque los cuidaba; poseer, para el niño, era servir, no acumular.
En el quinto, el más pequeño de todos, vivía un farolero que encendía y apagaba un único farol sin descanso, porque su planeta giraba cada vez más deprisa y ya daba una vuelta por minuto. El principito lo encontró absurdo, pero fue el único al que admiró de verdad, porque se ocupaba de algo distinto de sí mismo. En el sexto habitaba un geógrafo que escribía grandes libros pero nunca había visto un río ni una montaña, porque, decía, un geógrafo no se mueve de su mesa. Cuando el niño le habló de su rosa, el geógrafo la desdeñó: las flores son «efímeras», no se anotan en los mapas. Aquella palabra, «efímera», inquietó al principito por primera vez. Y fue el geógrafo quien le aconsejó visitar el planeta Tierra, que gozaba de muy buena reputación.
La Tierra y la serpiente
El principito llegó a la Tierra y se sorprendió de no ver a nadie: había caído en el desierto. Lo primero que encontró fue una serpiente de color de luna, que hablaba por enigmas. El niño, un poco melancólico por lo lejos que estaba su planeta, le preguntó dónde estaban los hombres; la serpiente le respondió que entre los hombres también se está solo. Y le hizo una oferta extraña: ella es más poderosa que el dedo de un rey, y a quien toca lo devuelve a la tierra de la que vino. Un día, si el niño echaba demasiado de menos su planeta, ella podría ayudarlo a regresar. Por ahora, el principito siguió buscando a los hombres entre las arenas.
El jardín de las rosas
Tras cruzar el desierto y escalar montañas que confundió con su planeta, el principito encontró por fin un camino, y el camino lo llevó a un jardín lleno de rosas, todas idénticas a la suya. Fue un golpe para su corazón. Su flor le había asegurado que era única en el universo, y allí había cinco mil, parecidísimas, en un solo jardín. El niño se sintió muy desdichado: creía poseer una rosa única y tenía solo una rosa común, y se tendió sobre la hierba y lloró, pensando que no era, después de todo, un gran príncipe.
El secreto del zorro
En ese momento apareció un zorro. El principito le pidió que jugara con él, pero el zorro le explicó que no podía, porque no estaba «domesticado». Y le enseñó qué significaba esa palabra olvidada: crear lazos. Para el zorro, el niño era todavía un muchacho igual a otros cien mil; para el niño, el zorro era un zorro igual a otros cien mil. Pero, si se domesticaban, se necesitarían el uno al otro y serían únicos en el mundo. El zorro le pidió que lo domesticara con paciencia: que se sentara cada día un poco más cerca, a la misma hora, para que su corazón pudiera prepararse para la alegría. Así, poco a poco, se hicieron amigos.
Cuando llegó la hora de partir, el zorro iba a llorar, pero no se arrepentía, porque le quedaba el color dorado del trigo, que a partir de entonces le recordaría el pelo del niño. Y antes de la despedida le regaló su secreto, el más sencillo y el más grande:
El principito comprendió entonces la verdad sobre su flor. Su rosa era única, no por ser distinta de las otras, sino porque era la suya: la que él había regado, cubierto con el fanal, escuchado quejarse y presumir, la que había domesticado. Las cinco mil rosas del jardín estaban vacías para él, porque nadie había muerto por ellas ni ellas por nadie. Y el zorro le confió la última parte del secreto, la que compromete de por vida:
El guardagujas y el mercader
Antes de reencontrarse con el narrador, el principito conoció aún a dos hombres que resumen el extravío de los adultos. Un guardagujas clasificaba viajeros en trenes que pasaban rugiendo en ambas direcciones; ninguno sabía lo que buscaba, todos tenían prisa y nadie estaba contento donde estaba. Solo los niños, aplastando la nariz contra las ventanillas, miraban hacia fuera y sabían lo que querían: por eso perdían el tiempo con una muñeca de trapo, y esa muñeca se volvía tan importante que lloraban si se la quitaban. Después, un mercader vendía píldoras para calmar la sed y ahorrarse así el trabajo de beber, con las que se ganaban cincuenta y tres minutos a la semana. El principito pensó que, si él tuviera esos cincuenta y tres minutos, los emplearía en caminar muy despacio hacia una fuente de agua fresca.
El pozo en el desierto
Era el octavo día desde la avería, y al narrador se le había acabado la última gota de agua. Entonces el principito le dijo que también él tenía sed, y que buscaran un pozo. Caminaron juntos horas bajo las estrellas, y el niño le confió que lo que embellece al desierto es que, en alguna parte, esconde un pozo. Al amanecer encontraron, increíblemente, un pozo de aldea en medio de la nada, con su polea y su cubo. El narrador sacó agua y la acercó a los labios del niño; aquella agua, nacida de la caminata bajo las estrellas y del esfuerzo de sus brazos, era buena para el corazón, como un regalo.
Mientras el aviador reparaba por fin su motor, comprendió que el niño preparaba su marcha. El principito le recordó que al día siguiente se cumpliría un año justo desde que cayó en la Tierra, y que caería muy cerca de aquel mismo lugar.
El regreso a las estrellas
Aquella noche, el principito volvió a hablar con la serpiente amarilla, junto al muro de un viejo pozo. Quería regresar a su planeta, a cuidar de su rosa, de la que se sentía responsable; pero su cuerpo era demasiado pesado para un viaje tan largo entre las estrellas. Al narrador, que acudió angustiado, el niño intentó consolarlo con la más tierna de las ideas: que, cuando él mirara el cielo de noche, como el principito viviría en una de aquellas estrellas y reiría en ella, sería para el aviador como si rieran todas las estrellas. Le había regalado, dijo, estrellas que saben reír.
Le pidió que no lo acompañara, que le dolería verlo sufrir y parecería que le pasaba algo malo. Hubo un destello amarillo cerca de su tobillo, y el niño cayó despacio, sin ruido, sobre la arena. A la mañana siguiente, el narrador no encontró su cuerpo. Quiere creer —y pide al lector que lo crea con él— que el principito regresó a su asteroide, junto a su flor, porque el cordero que lleva dentro de la caja no se la habrá comido. Y confiesa su único consuelo y su única angustia: no haber dibujado un bozal para el cordero, y no saber, cada noche al mirar las estrellas, si la flor sigue a salvo.
Por qué sigue emocionando al mundo
Más allá de su trama de planetas y desiertos, El Principito es un espejo que Saint-Exupéry pone ante los adultos para recordarles lo que de niños sabían y luego olvidaron: que lo esencial no se compra ni se cuenta con números, sino que se cuida; que amar es hacerse responsable de aquello a lo que nos atamos; y que la belleza del mundo se ve mejor con el corazón que con los ojos. Es un libro sencillo que cada edad lee de un modo distinto, y que a menudo conmueve más a los mayores que a los niños, porque son ellos los que tienen algo que recuperar.
Su autor, piloto de guerra como el narrador de su cuento, desapareció en pleno vuelo sobre el Mediterráneo en 1944, apenas un año después de publicar el libro, sin llegar a saber que su pequeño príncipe seguiría vivo, generación tras generación, en las manos de millones de lectores. Al final, el relato nos deja una certeza que no envejece: que la mirada que de verdad importa no es la que juzga por el tamaño, el peso o el dinero, sino la que sabe ver, con el corazón, aquello que nos hemos tomado el trabajo de amar.