Enheduanna vivió hacia el año 2300 a. C. en Ur, en el sur de la antigua Mesopotamia, y su nombre encabeza la historia de la literatura escrita. Fue la primera persona —hombre o mujer— de la que se conserva un texto firmado con su propio nombre. Antes de ella, los himnos y los relatos circulaban sin autor, como si nadie en concreto los hubiera pensado. Con Enheduanna, por primera vez, la palabra escrita habla en nombre de alguien.
Sacerdotisa e hija de rey
Era hija de Sargón de Acad, el soberano que unificó las ciudades de Mesopotamia bajo un mismo imperio. Su padre la nombró suma sacerdotisa del dios lunar Nanna en Ur, uno de los cargos religiosos más altos de su tiempo. No era una figura apartada del mundo: administraba un gran templo, participaba en la vida política y reunía en su persona el poder espiritual y el prestigio de la casa real. Que ese cargo recayera en una mujer dice mucho de la autoridad que llegó a tener.
Enheduanna, la primera voz con nombre
Compuso himnos a la diosa Inanna, entre ellos el conocido como La exaltación de Inanna. Lo notable no es solo que escribiera, sino cómo lo hizo: habla en primera persona, cuenta su propio destierro y su regreso, y firma su obra. Ese gesto —dejar de ser una voz anónima para reclamar la autoría— es el verdadero comienzo de la literatura de autor. Sus tablillas de arcilla se copiaron durante siglos, mucho después de su muerte, prueba de la huella que dejó.
Por qué Enheduanna abre esta serie
Vivió unos mil quinientos años antes que Homero. Situarla al principio de «Las grandes mujeres de nuestra civilización» no es un capricho cronológico: recuerda que la primera voz firmada de la humanidad fue la de una mujer. No inventó la escritura, que ya existía, pero fue la primera en poner su nombre bajo ella y darle un rostro personal. Con ella, este recorrido empieza en su raíz más honda.
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