Tales de Mileto está en el origen de todo lo que hoy llamamos ciencia y filosofía. Vivió hace más de dos mil seiscientos años y fue el primero que se atrevió a explicar el mundo sin recurrir a los dioses. Si Homero nos dio las grandes historias, Tales nos dio algo igual de poderoso: las primeras preguntas.
Quién fue Tales de Mileto
De su vida, como ocurre con Homero, apenas quedan certezas. La tradición lo sitúa en el siglo VI a. C., en Mileto, una próspera ciudad griega de Jonia, en la costa de la actual Turquía. Fue comerciante, viajero y político, y la Antigüedad lo contó entre los Siete Sabios de Grecia. Sin embargo, no dejó ni un solo libro: todo lo que sabemos de él nos llega a través de otros. En realidad, su mayor obra no fue un texto, sino una manera nueva de pensar.
El hombre que cambió los mitos por preguntas
Hasta entonces, todo se explicaba con los dioses: el rayo era la ira de Zeus; el mar, el humor de Poseidón. Tales de Mileto hizo algo revolucionario: se preguntó de qué está hecha realmente la naturaleza y buscó la respuesta en la naturaleza misma. Concluyó que todo procedía del agua. Lo de menos es que acertara o no; lo esencial es el método. Por eso Aristóteles lo llamó «el primer filósofo»: con él, la humanidad dejó de contentarse con los mitos y empezó a razonar.
Tales de Mileto y el cielo
Su curiosidad lo llevó a mirar hacia arriba. Según la tradición, Tales de Mileto predijo un eclipse de sol —el del año 585 a. C.— que detuvo en seco una batalla entre los medos y los lidios, pues ambos ejércitos lo tomaron por un aviso del cielo. Además, se dice que midió la altura de las pirámides de Egipto de un modo asombrosamente sencillo: esperó a la hora en que su propia sombra igualaba su estatura y midió entonces la sombra de la pirámide. De aquella misma pasión por medir y demostrar nació el teorema de geometría que todavía hoy lleva su nombre.
La herencia viva de Tales de Mileto
De Tales se cuentan dos anécdotas que lo retratan entero. Una noche, absorto en las estrellas, cayó en un pozo, y una criada se rió del sabio que miraba el cielo sin ver el suelo: fue, quizá, el primer científico distraído de la historia. Pero cuentan también que, cansado de que le reprocharan su pobreza, previó con sus conocimientos una gran cosecha de aceitunas, alquiló por adelantado todas las prensas de la región y se hizo rico en una sola temporada, solo para demostrar que un filósofo puede ganar dinero cuando quiere; sencillamente, le importan otras cosas. En el fondo, esa es su herencia: Tales de Mileto nos enseñó que mirar al cielo no es perder el tiempo, y que la pregunta «¿por qué?» vale más que cualquier respuesta cómoda. De aquella pregunta suya nacieron, siglos después, toda la ciencia y toda la filosofía.
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